Este primer artículo, quizás debería ser sobre quien soy. Pero estoy segura que me conocerás mejor si comienzo contandote esto.
Hace algunos años, cuando inicie el camino de crear velas, comencé a buscar materiales más naturales para mis velas. Mi primer acercamiento a este mundo de las velas fue a través de la parafina. No fue una decisión tomada de un día para otro, sino el resultado de muchas preguntas que empezaron a surgir mientras construía Velas que Hablan. Sentía la necesidad de que cada elemento reflejara mejor aquello que quería transmitir, y en ese camino apareció la cera de abeja.
Lo que primero llamó mi atención fue su origen. Me resultaba fascinante pensar que aquella cera era el fruto del trabajo paciente de miles de abejas. Después llegaron otros descubrimientos, su aroma suave, su color cálido y esa sensación de autenticidad que percibía cada vez que trabajaba con ella.
La cera de abeja ha acompañado a las personas desde hace siglos. Antes de la electricidad y mucho antes de las ceras industriales, iluminaba hogares, templos y espacios de encuentro. Pensar en ello me producía una sensación difícil de describir, como si cada llama encendida mantuviera viva una historia que comenzó mucho antes que nosotros.
En aquel momento no conocía nada sobre rituales ni sobre los significados que muchas personas asocian a las velas de miel. Mi interés era mucho más simple. Había encontrado un material que se sentía coherente con la filosofía que comenzaba a tomar forma dentro de mi marca y también dentro de mí.
Sin darme cuenta, las velas de miel empezaron a acompañarme en momentos que fueron adquiriendo un valor especial. Las encendía mientras escribía, cuando necesitaba ordenar pensamientos o durante esas tardes en las que sentía la necesidad de bajar el ritmo y regalarme un momento de calma. Poco a poco dejaron de ser solamente una creación artesanal para convertirse también en una presencia silenciosa dentro de mi vida cotidiana.
Mirando hacia atrás, creo que algunas cosas llegan a nosotros sin hacer ruido. Se instalan de manera discreta y recién con el tiempo comprendemos por qué permanecieron. Eso fue lo que ocurrió con las velas de miel.
Lo que vino después fueron lecturas, conversaciones y experiencias compartidas por otras personas que me acercaron a una forma distinta de mirar esa luz que ya me acompañaba desde hacía tiempo. Fue entonces cuando descubrí los rituales asociados a los días 11 y 22, una práctica que muchas personas utilizan para crear espacios de reflexión, gratitud e intención.
Esa historia llegó después.
Y es la que quiero compartirte en el próximo artículo.
Un abrazo,calido y luminoso abrazo.
Grace.
1 comentario
Debo confesar que mis rituales comenzaron cuando te conocí a Ti y a “Velas que Hablan”… que nombre tan literal… de la mano de estos rituales y de tus excelentes Velas … descubrí que hablan.
Feliz de que el Universo nos aya cruzado.