Cuando leí por primera vez sobre los rituales de los días 11 y 22 sentí curiosidad. En aquel momento comenzaba a darme cuenta lo valioso de los momentos de pausa y estas fechas comenzaron a aparecer en mi camino una y otra vez, hasta convertirse en una pequeña cita conmigo.
El rito del 11 suelo dedicarlo a la reflexión. Me gusta mirar hacia adentro, observar cómo me siento y prestar atención a aquello que necesita más espacio en mi vida, El 22 llega con una energía diferente. Es para ordenar ideas, a veces puedo tomar decisiones y dar forma a movimientos necesarios.
Antes de encender la vela me gusta entrar despacio en ese momento. A veces preparo una taza de té, otras abro mi cuaderno o me siento en silencio unos minutos. Mientras alrededor todo sigue con su ritmo habitual, ese pequeño espacio comienza a sentirse diferente. La luz de la vela marca el inicio de un encuentro sencillo donde puedo escuchar mis pensamientos con más claridad y volver a mí.
No siempre me resulta fácil estar presente, por ello realizo algunos gestos sencillos escribo algunas líneas, otras solo permanezco observando, y agradeciendo. Nunca sucede exactamente lo mismo. Cada mes trae preguntas distintas, emociones distintas y también nuevas certezas.
Con el paso de los años comprendí que estos encuentros se habían convertido en una parte importante de mi vida. Me regalaban perspectiva, calma y una sensación de conexión que muchas veces pierdo entre las responsabilidades cotidianas.
Por eso las velas de miel ocupan un lugar tan especial para mí. Cada 11 y cada 22 me recuerdo escucharme, honrar mis procesos y dar espacio a aquello que deseo hacer crecer en mi vida.
Te agradezco por estar aquí y te invito a tomar esta sencilla práctica.
Un cálido abrazo
Grace.
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ME QUEDO CON LOGRAR YO ESTO:
Cada 11 y cada 22 me recuerdo escucharme, honrar mis procesos y dar espacio a aquello que deseo hacer crecer en mi vida.